Una tarde de agosto, guiado por el instinto y un viejo sueño, acepté el reto del tiro tradicional. Un instante sencillo, auténtico, grabado en mi memoria para siempre.
Everything comenzó el verano pasado. Una vez recogidos los precintos y localizados algunos corzos, un coto municipal me brindó la oportunidad de flechar dos. Pero a pesar de mis horas de espera y de prospección, no lograba localizar un segundo animal que cumpliera con mis criterios. No quería tirar a un corzo joven, ni a uno pequeño. Esperaba un viejo solitario, marcado por los años, o tal vez un corzo "en regresión", como un suspiro de la naturaleza. Las semanas pasaron y la suerte se mostró generosa. Un jabalí, tres zorros, un corzo y ya hermosos recuerdos con el arco. Mi temporada estaba llena de promesas cumplidas. Principios de agosto. El celo está en pleno apogeo. La atmósfera se vuelve pesada, casi asfixiante. Los días se alargan bajo una luz pálida y solo el frescor del amanecer permite respirar. Prefiero cazar por la mañana, cuando todo duerme. Pero con demasiada frecuencia, las obligaciones me reclaman antes de que se instale la magia. Ese día, sin embargo, estaba libre. Tres amigos de Seine-Maritime habían venido a pasar unos días para recechar corzos. A mediodía, los chuletones se asaban al fuego, los vasos se vaciaban de buen humor y el día transcurría con esa despreocupación sencilla y alegre que tanto se valora en verano.